martes, 23 de septiembre de 2014

El nombre del viento, citas

“Quizá nuestras citas favoritas digan más de nosotros mismos
que de las personas a las que citamos.


El nombre del viento, por Patrick Rothfuss

De modo que esa es la diferencia entre cotar una historia y estar dentro de una historia ―pensó como atontado―: el miedo.


Cuando somos niños, casi nunca pensamos en el futuro. Esa inocencia nos deja libres para disfrutar como pocos adultos pueden hacerlo. El día que empezamos a preocuparnos por el futuro es el día que dejamos atrás nuestra infancia.


Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.

La primera puerta es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.

La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.

La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.
La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.”


Solo sé una historia. Pero muchas veces, los pequeños fragmentos parecen historias independientes.”


Pedirle a un músico que te deje coger su instrumento es como pedirle a un hombre que te deje besar a su esposa. Eso es algo que solo entiendes si eres músico. Un instrumento es como un compañero y una amante. Los desconocidos suelen pedir a los músicos que les dejen coger sus instrumentos, y eso les fastidia mucho.”


La excelencia es la única compañera de la excelencia.” 


No hay ninguna buena historia que no contenga nada de verdad [...]. Supongo que aquí hay tanta verdad como en cualquier otro sitio. Es una lástima, al mundo le vendría bien un poco menos de verdad y un poco más de...― No terminé la frase, porque no sabía de qué quería más.


Era como si realizáramos una de esas complicadas danzas cortesanas modeganas en que las parejas se sitúan a escasos centímetros uno del otro, pero (si son buenos bailarines) sin llegar a tocarse. Así llevábamos la conversación, pero no solo nos faltaba el tacto para guiarnos: también parecíamos sordos. De modo que danzábamos con mucho cuidado, sin saber exactamente qué música escuchaba el otro, sin saber siquiera si el otro estaba bailando.


Los huesos se sueldan. El arrepentimiento perdura para siempre.


Los pies dicen mucho de una persona ―caviló―. Hay hombres que entran aquí, sonrientes, con los zapatos muy limpios y los calcetines empolvados. Pero cuando se descalzan, sus pies huelen a rayos. Esas son las personas que ocultan cosas. Tienen secretos apestosos e intentan ocultarlos, como intentan ocultar el hedor de sus pies. Pero nunca funciona. La única forma de impedir que te huelan los pies es airearlos un poco. Quizá ocurra lo mismo con los secretos . Pero yo de eso no entiendo. Yo solamente entiendo de zapatos.


Tenía ese aire un tanto torpe de los niños que todavía no se han acostumbrado a manejarse con la estatura de un hombre.


La rabia puede calentarte por la noche, y el orgullo herido puede alentar a un hombre a hacer cosas maravillosas.


Su chiste era como unas botas viejas y gastadas, pero tan cómodas que cuesta deshacerse de ellas.”


Todos tenemos dos mentes: una mente despierta y otra mente dormida. Nuestra mente despierta es la que piensa, habla y razona. Pero la mente dormida es más poderosa. Ella ve en lo más profundo de las cosas. Es la parte de nosotros que sueña. Lo recuerda todo. Nos proporciona intuición. Tu mente despierta no entiende la naturaleza de los nombres. Pero tu mente dormida sí. Ella sabe muchas cosas que tu mente despierta ignora.”


Los humanos somos animales de costumbres. Tendemos a caminar por los surcos que nos vamos labrando.


Patrick Rothfuss
Es la postura [...]. Erguido, con el cuello recto, los hombros hacia atrás [...]. Cuando da un paso, pisa con toda la planta del pie. No solo con la parte anterior, como si corriera; ni con el talón, como si vacilara. Pisa sólidamente, exigiendo ese trozo de suelo.


—¿Qué me has traído? —me preguntó, emocionada.
Sonreí.
—¿Y tú? ¿Qué me has traído? —bromeé.
Auri sonrió y alargó la mano. Vi brillar algo en su palma a la luz de la luna.
—Una llave —contestó con orgullo, y me la puso en la mano.
La cogí y noté su agradable peso.
—Es muy bonita —dije—. ¿Qué abre?
—La luna —respondió ella, muy seria.
—Ah, podría serme muy útil —dije examinándola.
—Eso mismo pensé yo. Así, si hay una puerta en la luna, podrás abrirla. —Se sentó en el tejado con las piernas cruzadas y me miró con una amplia sonrisa en los labios—. Aunque yo no fomentaría esa clase de comportamiento insensato.
[...]
—Te he traído un poco de pan. [...]. Y una botella de agua.
—Eso también es muy bonito —dijo ella con gentileza. [...]—. ¿Qué hay en el agua? [...].
—Flores —respondí—. Y el trozo de luna que no está en el cielo esta noche. Lo he metido también.
[...]
—Yo ya mencioné la luna —dijo con un deje de reproche.
—Entonces, solo flores. Y el brillo del cuerpo de una libélula. Yo quería un trozo de luna, pero solo conseguí el brillo azul de una libélula.
Auri inclinó la botella y dio un sorbo de agua.
—Es maravillosa.

La música es una amante orgullosa y temperamental. Si le dedicas el tiempo y la atención que se merece, es toda tuya. Pero si la desairas, llegará un día en que la llamarás y ella no contestará. Así que empecé a dormir menos para darle a ella el tiempo que necesitaba.

La etiqueta es un puñado de normas que la gente utiliza para poder ser grosera en público con los demás.


Las mujeres son como el fuego, como las llamas. Algunas son como velas, luminosas e inofensivas. Algunas son como chispas, o como brasas, o como las luciérnagas que perseguimos las noches de verano. Algunas son como hogueras, un derroche de luz y calor para una sola noche, y quieren que después las dejes en paz. Algunas son como el fuego de la chimenea: no muy espectaculares, pero por debajo tienen cálidas y rojas brasas que arden mucho tiempo.


Tenía ese aire un tanto torpe de los niños que todavía no se han acostumbrado a manejarse con la estatura de un hombre.”


—Sigo sin entender lo de los nombres.
—Yo te enseñaré a entender —dijo—. La naturaleza de los nombres no se puede describir; solo se puede experimentar y entender.

—¿Por qué no se puede describir? —pregunté—. Si entiendes una cosa, puedes describirla.

—¿Tú puedes describir todo lo que entiendes? —Me miró de soslayo.
—Por supuesto.
Elodin señalo calle abajo.
—¿De qué color es la camisa de ese chico?
—Azul.
¿Qué quiere decir azul? Descríbelo.
Reflexioné un momento, pero no encontré la forma de describirlo.
—Entonces, ¿azul es un nombre?
—Es una palabra. Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados. Los nombres tienen poder, y las palabras también. Las palabras pueden hacer prender fuego en la mente de los hombres. Las palabras pueden arrancarles lágrimas a los corazones más duros. Existen siete palabras que harán que una persona te ame. Existen diez palabras que minarán la más poderosa voluntad de un hombre. Pero una palabra no es más que la representación de un fuego. Un nombre es el fuego en sí.
Estaba muy confuso.
—Sigo sin comprender.
Elodin me puso una mano en el hombro.
—Utilizar palabras es como utilizar un lápiz para hacer un dibujo de ese lápiz sobre el mismo lápiz. Imposible. Desconcertante. Frustrante. —Alzó ambas manos por encima de la cabeza, como si tratara de tocar el cielo—. ¡Pero hay otras formas de entender! —gritó riendo como un niño pequeño. Alzó ambos brazos hacia el cielo sin nubes, sin dejar de reír—. ¡Mira! —gritó echando la cabeza hacia atrás—. ¡Azul! ¡Azul! ¡Azul!


—Es amarga.

—Así sabes que es una medicina —dije—. Si tuviera buen sabor, sería un caramelo.

—Sí, es como la vida misma —replicó ella—. Nos gustan las cosas dulces, pero necesitamos las amargas.



Como ya he dicho, existe una gran diferencia entre ser valiente y no tener miedo.